Entre mayo y julio cabía una vida entera

No siempre sé adónde lleva el camino, pero sigo eligiendo avanzar.

Hay épocas que no se cuentan en días, sino en todo lo que nos cambian.

La última vez que escribí aquí era 5 de mayo.

Desde entonces, el calendario ha seguido avanzando. Mayo terminó, junio pasó casi sin pedir permiso y julio llegó mientras yo todavía intentaba comprender todo lo que había ocurrido.

No dejé de escribir porque no tuviera nada que contar.

Dejé de escribir porque la vida se llenó tanto que las palabras se quedaron esperando su turno.

Hubo comienzos que llegaron sin avisar, despedidas para las que apenas tuve tiempo de prepararme, preocupaciones capaces de ocupar una habitación entera y una nueva presencia que llenó la casa de vuelos, sonidos y preguntas.

Hubo días en los que sentí que podía con todo y otros en los que solo conseguí avanzar haciendo lo siguiente que debía hacer.

Una llamada.
Un correo.
Una visita.
Una conversación.
Un trámite.
Una jaula que limpiar.
Una preocupación más que me acompañaba hasta la hora de dormir.

Entre mayo y julio no viví una única historia. Viví muchas, algunas al mismo tiempo. Mientras una parte de mí empezaba algo nuevo, otra se preparaba para despedirse. Mientras intentaba cuidar, también necesitaba que alguien me dijera que lo estaba haciendo bien. Mientras buscaba certezas para los demás, yo aprendía a caminar sin ellas.

Hoy vuelvo a este rincón no porque todo esté resuelto.

Vuelvo porque necesito detenerme. Respirar. Mirar hacia atrás y reconocer a la mujer que llegó hasta aquí.

Porque solo han pasado poco más de dos meses.

Y, sin embargo, entre mayo y julio cabía una vida entera.


Una puerta que apenas tuve tiempo de cruzar

El 11 de mayo entré en un aula UECO casi sin tiempo para pensar.

Una llamada, una oportunidad inesperada y esa sensación tan conocida de estar a punto de entrar en un lugar nuevo preguntándome, en silencio, si estaría preparada.

Llegué con formación, experiencia y muchas ganas, pero también con respeto. Sabía que podía aportar, aunque todavía no sabía cuánto iba a aprender.

Y aprendí mucho.

Aprendí a mirar antes de actuar. A esperar unos segundos más. A comprender que detrás de una conducta puede haber miedo, cansancio, saturación o una necesidad que todavía no ha encontrado la forma de expresarse.

Aprendí que acompañar no siempre consiste en hablar.

A veces es sentarse cerca y guardar silencio.
Bajar la voz.
Reducir las exigencias.
Ofrecer un espacio seguro.
Esperar sin abandonar.

Aprendí que algunos avances son tan pequeños que podrían pasar desapercibidos. Pero cuando conoces el esfuerzo que esconden, sabes que pueden ser inmensos.

Una mirada que se sostiene.
Una rutina que deja de generar rechazo.
Unos minutos de calma.
Una mano que, por fin, acepta ayuda.

Durante aquellas semanas no sentí que estuviera ocupando simplemente un puesto. Sentí que algo dentro de mí encontraba su lugar.

Me reconocí en aquella forma de trabajar: observando, adaptando, organizando, buscando caminos diferentes y confiando en las posibilidades de cada persona, incluso cuando todavía no eran visibles.

Pero justo cuando empezaba a sentir que pertenecía allí, llegó el momento de marcharme.

La plaza tenía una fecha de finalización. Los procedimientos administrativos siguieron su curso y el 1 de julio llegó el cese.

Los vínculos, sin embargo, no conocen las fechas de las resoluciones.

No saben de adjudicaciones, incorporaciones ni puestos que deben quedar libres. Solo saben que alguien ha estado cada mañana, que ha aprendido sus gestos, sus tiempos, sus preferencias y esa forma particular que tiene cada persona de decir: «Hoy necesito que estés aquí».

Me fui con pena.

Con esa tristeza extraña que aparece cuando algo termina justo cuando empezabas a sentirlo tuyo. Pero también me llevé una certeza que nadie podía quitarme: aquella experiencia había confirmado una parte de mí que llevaba tiempo buscando su sitio.

A veces una puerta no se abre para que nos quedemos al otro lado.

A veces se abre durante el tiempo justo para mostrarnos hacia dónde queremos caminar.


Querer proteger y aprender a acompañar

Mientras yo aprendía a acompañar dentro del aula, fuera de ella tuve que hacerlo de la manera más difícil: acompañando a mi hijo en semanas que ningún adolescente debería tener que atravesar.

Cuando un hijo sufre, algo dentro de una madre se pone inmediatamente en pie de guerra.

Quieres encontrar al responsable.
Quieres detenerlo todo.
Quieres apartar las piedras del camino, cerrar las heridas antes de que aparezcan y construir a su alrededor un lugar donde nada pueda volver a dañarlo.

Quieres soluciones rápidas porque su dolor también duele dentro de ti.

Pero hay momentos en los que no existe una solución inmediata.

Solo puedes estar.

Escuchar cuando quiere hablar y respetar cuando no puede hacerlo. Preguntar sin convertir cada conversación en un interrogatorio. Defenderlo sin arrebatarle su propia voz. Sostener sus silencios mientras intentas que los tuyos no estén llenos de miedo.

He dudado muchas veces.

Me he preguntado si estaba haciendo demasiado, si estaba haciendo poco, si debía insistir o esperar, si protegerlo significaba actuar o permanecer cerca.

No tengo todas las respuestas.

No sé si he encontrado siempre las palabras adecuadas ni si he tomado la mejor decisión en cada momento. Pero sé que he estado. Que he buscado ayuda. Que he insistido cuando era necesario. Que he intentado mirarlo sin juzgarlo y recordarle, incluso sin decírselo, que no tenía que atravesarlo solo.

Porque quizá acompañar no consista en evitarle cada golpe a quien amamos.

Quizá consista en convertirnos en ese lugar al que puede regresar sin miedo cuando el mundo pesa demasiado.


Y entonces llegó Ryu

En medio de aquella intensidad, cuando ya parecía que cada día venía cargado con algo nuevo, llegó Ryu.

Llegó después de un viaje largo, con una historia que no conocíamos completamente y una mirada que nos obligaba a preguntarnos cuánto habría vivido antes de entrar en nuestra casa.

Su llegada fue ilusión, responsabilidad y vértigo.

Había preparado jaulas, perchas, comida, juguetes y espacios. Había leído, comparado y pensado cada detalle. Pero cuidar de un ser vivo nunca cabe del todo en una lista.

Muy pronto entendí que todavía tenía mucho que aprender.

Aprender su lenguaje.
Sus gestos.
Sus miedos.
La diferencia entre una costumbre y una señal de alarma.
Cuándo observar, cuándo intervenir y cuándo pedir ayuda.

Ryu llegó para llenar la casa de palabras, vuelos, besos, picotazos, descubrimientos y alguna que otra preocupación capaz de quitarme el sueño.

Porque cuando amas, observas.

Y cuando observas mucho, a veces también temes demasiado.

He mirado cómo come, cómo bebe, cómo duerme, cómo respira, cómo juega y cómo mueve cada pluma. He celebrado una caca más compacta con una alegría que jamás habría imaginado explicar en voz alta. He sentido que se me encogía el corazón al verlo regurgitar y un alivio enorme al comprobar que volvía a hablar, aletear o buscar nuestra compañía.

Cuidarlo me ha recordado que el amor no nos convierte en expertos.

Nos convierte en aprendices atentos.

No consiste en acertar siempre. Consiste en mirar, reconocer los errores, escuchar a quienes saben más y volver a intentarlo de una manera mejor.

También consiste en aceptar que el vínculo necesita tiempo.

Que la confianza no aparece porque tengamos buenas intenciones. Se construye despacio, en cada rutina respetada, en cada acercamiento sin forzar, en cada gesto con el que le demostramos al otro que puede sentirse seguro.

Poco a poco, Ryu ha ido encontrando su lugar entre nosotros.

Y nosotros hemos ido encontrando el nuestro junto a él.

Ahora cuesta imaginar la casa sin su voz, sin sus vuelos de una habitación a otra, sin esa forma suya de participar en todo como si siempre hubiera vivido aquí.

Llegó en un momento en el que sentía que ya estaba sosteniendo demasiadas cosas.

Y, aun así, no solo añadió peso.

También trajo alegría.

La pantalla gris

Durante aquellos meses seguía pensando en GL.

En los calendarios que quería publicar, en los recursos pendientes, en las páginas que todavía esperaba crear y en todas las ideas que continuaban apareciendo mientras mi tiempo se repartía entre trabajos, cuidados, preocupaciones y trámites.

Cuando por fin encontraba un momento para volver a la web, el editor se quedaba gris.

Una pantalla vacía. Ningún bloque. Ninguna herramienta. Ninguna posibilidad de avanzar.

Puede parecer insignificante junto a todo lo demás, pero no lo era para mí.

Esta web no es solamente un espacio digital. Aquí están mis horas, mis aprendizajes, mis intentos, mis recursos y una parte importante de la persona que estoy intentando construir profesionalmente.

Verla bloqueada era como llegar a una puerta conocida y descubrir que, de repente, la llave ya no servía.

Hubo que probar, preguntar, buscar errores, revisar configuraciones, retroceder versiones y aceptar que una actualización no siempre significa avanzar.

Finalmente, el editor volvió a funcionar.

Y aquella pantalla gris terminó pareciéndose demasiado a estos meses.

Porque también yo había sentido, a veces, que no encontraba el bloque siguiente. Que el camino que debía continuar no aparecía. Que tenía delante una página abierta, pero ninguna herramienta para escribir en ella.

Sin embargo, la página no estaba perdida.

Solo necesitaba otra forma de entrar.

GL seguía aquí mientras yo no publicaba. Seguía creciendo en cada experiencia, en cada aprendizaje y en cada momento vivido que algún día terminaría encontrando palabras.

Los proyectos también respiran.

A veces avanzan.
A veces se detienen.
Y a veces necesitan que la vida ocurra antes de poder seguir contando algo verdadero.

Volver sin regresar al mismo punto

El 1 de julio volví a estar desempleada.

Volvieron los trámites, las solicitudes, las bolsas y esa pregunta que aparece siempre que termina una etapa:

¿Y ahora qué?

Regresar al desempleo puede hacerte sentir que vuelves a la casilla de salida. Como si todo el esfuerzo anterior se hubiera borrado y tuvieras que comenzar otra vez desde cero.

Pero yo no he vuelto al mismo lugar.

Vuelvo con nombres, rostros y experiencias que antes no tenía. Con más seguridad. Con una mirada distinta sobre la educación y sobre mí misma. Con la certeza de que puedo entrar en espacios nuevos, aprender deprisa, crear vínculos y aportar incluso cuando el tiempo es breve.

Vuelvo también con una trayectoria que ya no quiero mirar como un conjunto de caminos desconectados.

La banca.
La atención a las personas.
La organización.
La legislación.
La gestión.
La formación.
La educación especial.

Durante mucho tiempo pude pensar que había dado demasiados giros.

Ahora empiezo a comprender que quizá no eran caminos separados.

Quizá todos estaban trayéndome hasta aquí.

En estas semanas han aparecido distintas posibilidades. Algunas me han servido para confirmar aquello que no quiero. Otras han encendido de nuevo una ilusión que creía dormida.

Entre todos los caminos posibles hay uno que me hace palpitar especialmente: la formación.

Poder transmitir lo aprendido, preparar contenidos, acompañar a otras personas en sus procesos y convertir años de experiencia en herramientas útiles para alguien más.

La formación reúne muchas partes de mí.

La profesional que sabe organizar y planificar.
La persona que disfruta explicando.
La que observa cuándo alguien no está entendiendo y busca otra forma de llegar.
La que cree que enseñar no consiste en demostrar cuánto sabes, sino en ayudar a que el otro descubra todo lo que puede aprender.

También he aprendido que abrirme a otras funciones relacionadas con la gestión o la administración no significa alejarme de mi propósito.

No necesito reducirme a una única etiqueta.

Soy todo lo que he vivido, todo lo que he aprendido y todas las capacidades que he desarrollado en lugares que, en su momento, parecían no tener relación entre sí.

Todavía no sé qué forma tendrá la próxima oportunidad.

Hay posibilidades que apenas empiezan a insinuarse y caminos que todavía no han decidido si se abrirán. No quiero adelantarme ni convertir una ilusión en una certeza que todavía no existe.

Y estoy aprendiendo también a convivir con los tiempos que no dependen de mí.

Puedo prepararme. Puedo llamar a puertas. Puedo mostrar quién soy y todo lo que sé hacer. Puedo ilusionarme.

Pero no puedo controlar cuándo llegará la respuesta ni qué camino terminará abriéndose.

Quizá confiar también consista en hacer bien mi parte y, después, permitir que algunas cosas encuentren su propio momento.

Porque hay algo que sí ha vuelto.

Las ganas.

Esa sensación de mirar hacia delante y pensar que quizá, al otro lado de tanta incertidumbre, hay un lugar en el que todo lo vivido empiece por fin a encajar.

Todo lo que no se ve

Entre mayo y julio comencé y terminé un trabajo.

Acompañé a mi hijo mientras intentaba no romperme con él. Ryu llegó a nuestra casa y convirtió cada día en un aprendizaje. La web se bloqueó cuando más necesitaba crear. Volví a realizar trámites que ya conocía demasiado bien y empecé a llamar a puertas sin saber cuáles llegarían a abrirse.

También seguí cuidando de mis gatos, de mis plantas, de la casa y de esas pequeñas tareas que nadie ve pero que sostienen la vida cuando todo lo demás se mueve.

Preparé comidas.
Limpié jaulas.
Respondí correos.
Fui a reuniones.
Organicé papeles.
Escuché.
Esperé.
Me preocupé.
Volví a intentarlo.

No lo hice todo bien.

Hubo días en los que no tuve paciencia. Días en los que el miedo habló más alto que yo. Días en los que necesitaba que alguien me cuidara y, aun así, seguí cuidando.

Quizá una de las cosas más difíciles que estoy empezando a aprender sea precisamente esa.

Durante mucho tiempo he sabido estar. Resolver. Hacerme cargo. Anticiparme a lo que otros necesitan y seguir adelante incluso cuando yo también estaba cansada.

Lo he hecho tantas veces que a veces ni siquiera me doy cuenta.

Sale solo.

Como si detenerme fuera más difícil que continuar.

Como si cuidar de mí tuviera que esperar siempre a que todo lo demás estuviera en orden.

Y quizá una parte de este camino tenga también que ver con eso: con aprender que no necesito estar disponible para todo y para todos. Que puedo querer profundamente sin responsabilizarme de cada cosa. Que decir «ahora no puedo» no significa querer menos. Que descansar no es abandonar. Y que mi fuerza no debería medirse únicamente por todo aquello que soy capaz de soportar.

Después de tantos años aprendiendo a sobrevivir, quizá ahora me toque aprender algo completamente distinto.

Vivir sin estar siempre preparada para resistir.

He dudado de mis decisiones, de mi capacidad y de si alguna vez encontraré ese lugar profesional que me permita dejar de sentir que siempre estoy empezando de nuevo.

Pero aquí estoy.

No intacta.

No igual.

Y quizá tampoco quiero estarlo.

Porque lo vivido ha dejado cansancio, sí, pero también certezas. Me ha recordado que sé adaptarme. Que puedo aprender. Que tengo la valentía suficiente para entrar en lugares nuevos y la sensibilidad necesaria para no salir de ellos siendo la misma.

La última vez que escribí aquí era 5 de mayo.

No sabía que estaba a punto de entrar en un aula que me mostraría una parte de mi futuro. No sabía cuánto iba a preocuparme por mi hijo. No sabía que un pájaro verde llenaría nuestra casa de vida ni que terminaría aprendiendo a interpretar cada uno de sus gestos. No sabía que tendría que despedirme tan pronto, volver a empezar y mirar de nuevo hacia puertas que todavía no sé si se abrirán.

Hoy, 18 de julio, tampoco sé qué ocurrirá después.

Pero ya no necesito saberlo todo.

Hoy me basta con mirar atrás y reconocer que, incluso en los días en los que sentía que solo sobrevivía, también estaba creciendo.

Que mientras cuidaba, aprendía.
Mientras despedía, encontraba.
Mientras dudaba, avanzaba.
Y mientras pensaba que no tenía tiempo para escribir, la vida estaba escribiendo dentro de mí.

Hay épocas que no se cuentan en días.

Se cuentan en las veces que respiramos hondo y seguimos.

En las personas que intentamos sostener.

En las despedidas que nos duelen porque antes hubo un vínculo.

En las nuevas ilusiones que todavía nos atrevemos a sentir, aunque sepamos que pueden no cumplirse.

Y en todo aquello que, después de atravesarnos, nos deja distintos.

Entre mayo y julio cabía una vida entera.

Y ahora que por fin me detengo a mirarla, comprendo que también cabía en ella una nueva versión de mí.

Todavía no sé exactamente cómo será.

Quizá siga siendo la misma mujer que cuida, que lucha, que se implica y que no sabe mirar hacia otro lado cuando alguien a quien quiere la necesita.

Pero espero que también sea una mujer que aprenda a preguntarse qué necesita ella.

Que no tenga que demostrar su fortaleza cargando con todo.

Que pueda ilusionarse sin controlar el desenlace, descansar sin sentirse culpable y elegir dónde quiere estar sin sentir que, por hacerlo, está dejando a alguien atrás.

No sé cuánto tiempo necesitaré para aprenderlo.

Después de toda una vida funcionando de una determinada manera, supongo que los cambios importantes tampoco ocurren de un día para otro.

Pero quizá ya hayan empezado.

Quizá el primer paso sea simplemente darme cuenta.

Y, por primera vez en mucho tiempo, además de preguntarme qué será lo próximo que tendré que sostener, empezar también a preguntarme qué clase de vida quiero construir cuando ya no tenga que estar siempre sobreviviendo.

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